el dembow y su importancia cultural
Actualizado: 28 sept
Pocos géneros de la música popular contemporánea han despertado tantas adhesiones y rechazos como el reggaetón. Nacido de cruces musicales, migraciones y transformaciones culturales que atravesaron Jamaica, Panamá, Puerto Rico y Estados Unidos, el género pasó de los márgenes del Caribe a convertirse en uno de los sonidos dominantes de la industria musical global.
Pero su historia también está atravesada por disputas que exceden lo estrictamente musical. ¿De dónde surgió realmente? ¿Por qué se lo acusa de reproducir imaginarios machistas? ¿Por qué durante décadas fue asociado, muchas veces de manera despectiva, con las clases populares? ¿Y qué ocurre cuando el feminismo y las identidades disidentes se apropian de un género históricamente señalado por su sexismo para resignificarlo desde adentro?
Estas preguntas permiten desmenuzar al reggaetón no solo como género musical, sino como fenómeno cultural: un territorio atravesado por cuestiones de clase, raza, sexualidad, migración, mercado y poder. No prometo hacerlos perrear, pero sí intentar comprender qué hay detrás de un ritmo que pasó de ser perseguido y despreciado a convertirse en una de las expresiones culturales más influyentes del siglo XXI.

RAÍCES Y GENEALOGÍAS
Aunque Puerto Rico ocupa un lugar central en la historia del reggaetón, reducir su nacimiento a un único territorio deja afuera una genealogía mucho más compleja. Para rastrear sus raíces hay que reconstruir un recorrido musical y migratorio que conecta Jamaica, Panamá, Puerto Rico y Estados Unidos.
Uno de sus antecedentes fundamentales se encuentra en la música popular jamaicana y, particularmente, en la cultura del riddim: bases instrumentales sobre las que distintos artistas podían interpretar nuevas letras y melodías, una práctica estrechamente vinculada al reggae y al dancehall. De ese universo musical surgirían algunos de los patrones rítmicos que décadas después resultarían fundamentales para el desarrollo del dembow y del reggaetón.
Pero los ritmos no viajaron solos. Los movimientos migratorios de población afrocaribeña contribuyeron a trasladar esas músicas hacia otros territorios de la región. Panamá fue uno de los espacios decisivos de esa transformación. Allí, artistas y comunidades hispanohablantes comenzaron a reinterpretar el reggae y el dancehall en español, adaptándolos a una realidad social y lingüística diferente.
No se trató simplemente de copiar una música nacida en Jamaica. En el proceso cambiaron el idioma, las referencias, las formas de circulación y también aquello que las canciones podían contar. El reggae en español comenzó a expresar experiencias propias de sectores populares y comunidades afroantillanas de Panamá. La traducción musical se convirtió, al mismo tiempo, en una apropiación cultural del ritmo.
Entre finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, artistas panameños como El General, Nando Boom y Renato formaron parte de esa escena que ayudó a consolidar el reggae en español. Paralelamente, esos sonidos circularon por las redes migratorias y musicales que conectaban el Caribe con ciudades estadounidenses como Nueva York.
Puerto Rico sería otro punto decisivo de esa genealogía. Allí, durante los años noventa, las influencias del reggae y el dancehall jamaicanos, el reggae en español panameño y el hip hop estadounidense comenzaron a encontrarse dentro de una escena underground propia. DJs, productores y jóvenes de los sectores populares puertorriqueños transformaron esos materiales en algo nuevo.
El resultado ya no era simplemente reggae cantado en español. Mixtapes, fiestas y producciones de figuras como DJ Playero y colectivos como The Noise fueron construyendo una estética, una jerga y una identidad musical particular. Todavía faltaba para que aquello conquistara las radios internacionales y las listas de éxitos. Antes de convertirse en una industria multimillonaria, esa música tendría que atravesar otro proceso: ser señalada como obscena, peligrosa e incluso criminal.
¿QUÉ ES EL ¨DEMBOW¨ Y POR QUÉ IMPORTA?
Para entender qué hace reconocible al reggaetón apenas empieza a sonar, hay que detenerse en su corazón rítmico: el dembow. Su nombre proviene de “Dem Bow”, una canción publicada en 1990 por el artista jamaiquino de dancehall Shabba Ranks. El riddim sobre el que fue grabada —vinculado al trabajo de productores como Steely & Clevie y Bobby Digital— se convirtió en uno de los antecedentes fundamentales del patrón de percusión que luego sería reinterpretado una y otra vez en Panamá y Puerto Rico.
Ese ritmo repetitivo y sincopado —el reconocible boom-ch-boom-chick que atraviesa buena parte del reggaetón— terminó funcionando como una especie de columna vertebral del género. En el Puerto Rico de los años noventa, incluso, términos como dembow y underground llegaron a utilizarse para describir una escena que todavía estaba lejos de llamarse reggaetón tal como la conocemos hoy. Mixtapes de DJs como Playero y colectivos como The Noise fueron fundamentales para consolidar su estética, su jerga y sus formas de circulación.
Pero aquella música no creció solamente como una experimentación sonora. Lo hizo en un contexto social atravesado por desigualdades de clase, racialización, violencia y políticas de seguridad. Y es en este punto donde la historia del reggaetón deja de ser exclusivamente musical.
Durante los años noventa, Puerto Rico atravesó una fuerte ofensiva estatal contra el crimen. En 1993, el gobierno de Pedro Rosselló puso en marcha la política conocida como “Mano Dura contra el Crimen”, que incluyó intervenciones policiales y de la Guardia Nacional en complejos de vivienda pública. En ese clima político y social, el underground —estrechamente asociado con los caseríos y los sectores populares— también quedó bajo sospecha.
Sus letras explícitas, las referencias al sexo, las drogas y la violencia, y una jerga construida desde la calle alimentaron un verdadero pánico moral alrededor del género. Durante los años noventa se realizaron operativos contra comercios que distribuían grabaciones consideradas obscenas, mientras que determinados sectores políticos y mediáticos presentaban aquella música como una influencia perjudicial para la juventud.
El perreo tampoco escapó a esa mirada. El baile asociado al reggaetón, caracterizado por movimientos explícitos de caderas y pelvis y por una fuerte proximidad corporal, fue señalado como vulgar o indecente. Música, baile y juventud popular quedaron así reunidos dentro de una misma discusión sobre sexualidad, orden público y moral.
Sin embargo, reducir aquella reacción exclusivamente a una preocupación por las letras obscenas deja afuera otra dimensión del fenómeno. La controversia también estuvo atravesada por cuestiones de clase y raza: buena parte de aquella cultura era producida y consumida por jóvenes afrocaribeños y de sectores populares que construían códigos estéticos propios por fuera de los espacios culturales legitimados.
La persecución no consiguió eliminar al género. Por el contrario, contribuyó a reforzar su identidad como música marginal y desafiante. Aquello que se escuchaba en mixtapes, fiestas y circuitos informales comenzó a representar una experiencia urbana que difícilmente encontraba lugar en las narrativas culturales dominantes.
La paradoja llegaría pocos años después. A comienzos del siglo XXI, esa música que había sido perseguida y señalada como una amenaza moral empezó a abandonar el underground para ingresar en la industria musical internacional. El salto terminó de consolidarse a mediados de los 2000, cuando artistas como Daddy Yankee llevaron el reggaetón a una audiencia global. “Gasolina”, incluida en Barrio Fino y convertida en un fenómeno internacional, funciona como uno de los grandes símbolos de ese pasaje: del caserío y el cassette a las discográficas, las radios y las pistas de baile de medio mundo.
El reggaetón comenzaba así una nueva etapa. Seguía cargando con parte de aquella identidad rebelde y barrial, pero ahora debía convivir con algo que transformaría profundamente su estética y su discurso: el mercado global.
LA CULTURA MACHISTA Y HOMÓFOBA AL REDEDOR DEL REGGAETÓN
La historia del reggaetón también carga con una contradicción difícil de ignorar. Un género nacido en los márgenes y atravesado por experiencias de exclusión social construyó, al mismo tiempo, buena parte de su imaginario alrededor de una masculinidad profundamente heteronormativa. Durante décadas, numerosas letras y videoclips ubicaron al varón como protagonista del deseo, mientras que las mujeres aparecían frecuentemente reducidas a cuerpos disponibles para la mirada masculina.
Ese imaginario no nació exclusivamente con el reggaetón. Algunos de sus antecedentes musicales, particularmente ciertas vertientes del dancehall jamaicano y del hip hop, también estuvieron atravesados por discursos machistas y, en determinados casos, abiertamente homófobos. El reggaetón incorporó parte de esos códigos y los adaptó a su propio universo cultural.
Con la expansión internacional del género durante los años 2000, esa masculinidad adquirió además una escenografía reconocible: automóviles de lujo, cadenas, dinero, armas, mansiones y mujeres hipersexualizadas comenzaron a formar parte recurrente de sus videoclips. El éxito masculino podía representarse así mediante una doble exhibición de poder: aquello que se posee y aquello que se desea.
Sin embargo, esa narrativa nunca fue completamente homogénea. Desde dentro del propio género aparecieron voces capaces de disputar el lugar asignado a las mujeres. Una de las más importantes fue la puertorriqueña Ivy Queen, que irrumpió en una escena dominada por hombres y colocó el deseo, los límites y la autonomía femenina en el centro de sus canciones. Su presencia demostró tempranamente que una mujer podía apropiarse de los códigos del reggaetón sin ocupar necesariamente el papel que sus colegas masculinos habían reservado para ella.
Con el paso de los años, aquella grieta se hizo cada vez más grande. El surgimiento del neoperreo y la incorporación de nuevas artistas transformaron el significado político y sexual del baile. Figuras como Ms Nina o Bad Gyal comenzaron a construir narrativas donde la sexualidad femenina podía ser expresada desde la propia voz y no únicamente representada desde la mirada masculina.
La transformación alcanzó también las discusiones sobre identidad sexual y de género. Artistas como Villano Antillano, una mujer trans puertorriqueña, irrumpieron dentro de los códigos del rap, el trap y el reggaetón para ocupar un espacio históricamente hostil hacia las identidades LGBT+. Tokischa, desde República Dominicana, también tensionó los límites tradicionales del género mediante representaciones explícitas de sexualidad, deseo y disidencia.
Esta apropiación plantea una de las paradojas más interesantes del reggaetón contemporáneo: el mismo ritmo que durante años acompañó letras machistas y códigos heteronormativos puede funcionar ahora como vehículo para discursos feministas, queer y sexualmente disidentes.
Algo similar ocurrió con el perreo. El baile que había sido señalado como vulgar, obsceno e incluso degradante comenzó a ser reivindicado por algunos sectores feministas y LGBT+ como una práctica de autonomía corporal y expresión del deseo. Esa resignificación, sin embargo, no elimina las contradicciones anteriores ni convierte automáticamente al reggaetón en un género emancipador. Dentro de una misma industria continúan coexistiendo discursos machistas, representaciones tradicionales de género y nuevas formas de apropiación sexual y política.
Tal vez sea justamente esa tensión la que permita entender mejor su transformación. El reggaetón no dejó atrás completamente los códigos que marcaron su historia: comenzó a ser disputado desde adentro. Mujeres y artistas queer tomaron un lenguaje musical que muchas veces las había colocado como objeto de deseo, o directamente las había excluido, y comenzaron a utilizarlo para narrar su propio deseo, sus cuerpos y sus identidades.
LA NARRATIVA VISUAL DEL LUJO COMO ESCENOGRAFÍA SIMBÓLICA
Cadenas de oro, automóviles de alta gama, mansiones, piscinas, fiestas privadas, ropa de diseñador y dinero. La estética visual del reggaetón construyó durante décadas un universo donde el éxito debía ser, ante todo, visible. Pero reducir esa ostentación a una celebración superficial del consumo deja afuera parte de su significado cultural.
En este aspecto, el reggaetón dialoga directamente con el hip hop estadounidense de las décadas de 1980 y 1990, donde la exhibición de riqueza adquirió un lugar central en la representación del éxito. El bling-bling —el brillo deliberadamente exagerado de joyas y cadenas—, los autos y las marcas de lujo funcionaron como símbolos de estatus, pero también como una manera de narrar el ascenso económico de artistas provenientes de comunidades históricamente marginadas.
Desde la sociología del consumo, esta exhibición puede relacionarse con la noción de consumo conspicuo: los objetos dejan de cumplir solamente una función práctica para convertirse en signos visibles de posición social. En las culturas del hip hop y posteriormente del reggaetón, sin embargo, esa lógica adquiere una dimensión particular. La riqueza es exhibida por sujetos que construyen parte de su identidad pública alrededor de una trayectoria que va desde el barrio y la precariedad hacia el reconocimiento y el éxito económico.
Cuando el reggaetón puertorriqueño comenzó a ingresar al mercado internacional durante los años 2000, esa narrativa encontró una traducción visual casi perfecta: del caserío a la mansión, de los circuitos clandestinos al automóvil de lujo, del cassette y el mixtape al videoclip producido para una audiencia global.
La ostentación puede leerse entonces como una forma de revancha simbólica: hacer visible aquello a lo que durante mucho tiempo parecía imposible acceder. La música que había sido perseguida, estigmatizada y asociada con los sectores populares ahora podía exhibir los símbolos tradicionalmente reservados al éxito económico. No se trataba solamente de decir “llegamos”, sino también de mostrarlo.
Pero el ingreso del reggaetón a la industria global produjo otra transformación. Aquella estética de ascenso social resultó fácilmente convertible en una narrativa comercial. El lujo posee un lenguaje visual reconocible en prácticamente cualquier mercado: autos, joyas, marcas y mansiones no necesitan traducción. Así, una estética que podía expresar orgullo barrial y movilidad social comenzó también a funcionar como dispositivo de marketing.
En ese desplazamiento aparece otra de las contradicciones del género. La narrativa colectiva de una cultura surgida desde los márgenes puede terminar absorbida por una promesa profundamente individual: escapar de la precariedad mediante el éxito personal. El barrio permanece como lugar de origen y elemento identitario, pero el triunfo comienza a representarse mediante la capacidad individual de abandonarlo —o, al menos, de acceder a todo aquello que antes parecía reservado para otros.
La representación del lujo tampoco puede separarse de las construcciones de género analizadas anteriormente. En numerosos videoclips, automóviles, dinero y mujeres hipersexualizadas fueron incorporados dentro de una misma escenografía del poder masculino. El cuerpo femenino podía aparecer así como un signo de estatus más: junto al automóvil, la cadena y la mansión, contribuía a construir la imagen del hombre que había alcanzado el éxito.
Por eso, la estética del lujo en el reggaetón admite al menos dos lecturas que no necesariamente se excluyen. Puede expresar el orgullo de quienes lograron acceder a espacios y bienes históricamente vedados, pero también reproducir una cultura de consumo donde el éxito se mide por aquello que puede exhibirse. Entre la revancha simbólica y la maquinaria del mercado, la ostentación terminó convirtiéndose en uno de los lenguajes visuales más reconocibles del género.
DEL MARGEN AL CENTRO: EL REGGAETÓN COMO FENÓMENO CULTURAL
Entre migraciones, barrios populares, diásporas afrocaribeñas, censura, jerga callejera, sexualidad, globalización, mercado y arte se construyó uno de los fenómenos culturales más importantes de la música popular contemporánea. El reggaetón pasó de circular por circuitos underground y ser señalado como obsceno o peligroso a ocupar estadios, rankings internacionales y buena parte de la industria musical global.
En ese recorrido, el género no permaneció intacto. Las narrativas machistas y heteronormativas que marcaron buena parte de su historia comenzaron a ser disputadas desde su propio interior por mujeres y artistas LGBT+, mientras que el perreo adquirió nuevos significados vinculados con la autonomía corporal, el deseo y la diversidad. Al mismo tiempo, la estética del lujo y la ostentación continúa atravesando su imaginario: algunas veces como expresión aspiracional, otras como símbolo de movilidad social y también como producto perfectamente integrado a las lógicas del mercado global.
Tal vez por eso resulte insuficiente pensar al reggaetón únicamente en términos de si es “buena” o “mala” música. Su relevancia cultural está también en aquello que permite observar: las migraciones que hicieron circular sus ritmos, las desigualdades sociales de los territorios donde creció, las disputas alrededor del cuerpo y la sexualidad, la capacidad de la industria para convertir una cultura marginal en un fenómeno global y las contradicciones que aparecen cuando aquello que nació en los márgenes conquista el centro.
Reducir toda esa historia a la idea despectiva de una “música de negros y villeros” no solo reproduce prejuicios raciales y de clase: también impide comprender de dónde provienen sus sonidos, sus códigos y sus estéticas. No hace falta escuchar reggaetón, bailarlo ni siquiera disfrutarlo para reconocer su dimensión cultural. Pero si un género nacido entre cruces migratorios, comunidades afrocaribeñas y sectores populares consiguió atravesar la censura, conquistar la industria global y poner a millones de personas a bailar sobre un mismo patrón rítmico, entonces quizás la pregunta ya no sea si merece ser tomado en serio, sino qué nos cuenta su historia sobre las sociedades que primero lo rechazaron y después terminaron bailándolo.
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