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La nueva plusvalía digital: producción de valor en tiempos de inteligencia artificial

  • Foto del escritor: Dani Russo
    Dani Russo
  • 14 may
  • 8 min de lectura

La mayoría de los debates sobre inteligencia artificial hoy parecen estar atrapados entre dos relatos opuestos y bastante simplistas. Por un lado, aparece la idea de que la IA vendrá a salvarnos: resolverá problemas de productividad, democratizará capacidades y liberará a la humanidad de tareas tediosas. Por el otro, surge la visión apocalíptica según la cual las máquinas van a terminar de destruir el empleo, volverán inútil al ser humano y precipitarán una crisis social masiva. Sin embargo, históricamente, ninguna tecnología hizo jamás una de esas dos cosas por sí sola. Las tecnologías no actúan en el vacío. Lo verdaderamente importante siempre fue quién controla esas herramientas, cómo se distribuye el excedente económico que generan, qué trabajos reemplazan, cuáles crean y, sobre todo, qué relaciones de poder reorganizan.


Por eso la discusión sobre IA no puede reducirse únicamente a cuestiones técnicas. Requiere apoyarse en tradiciones teóricas mucho más amplias. Desde el materialismo histórico de Marx, donde el trabajo aparece como motor central de organización social y producción de valor, hasta Weber y su análisis sobre burocracia y racionalización. También resulta fundamental la crítica de la Escuela de Frankfurt, que pensó cómo la técnica y la industria cultural podían transformarse en instrumentos de dominación, o Foucault, que mostró que el poder moderno no opera solo mediante coerción directa, sino también a través de vigilancia, administración y normalización de conductas. Incluso autores más contemporáneos, como Byung-Chul Han, permiten pensar cómo el capitalismo digital transforma la subjetividad.


Desde ese marco, la IA no debería analizarse como una especie de “magia futurista”, sino como una infraestructura económica concreta. Y ese cambio de enfoque modifica cambia por completo la conversación. Lo que estamos viendo no es simplemente la aparición de robots más sofisticados con redes neuronales y lenguajes, sino una nueva etapa de automatización que ya no se limita al reemplazo de fuerza física, como l han sido las nuevas tecnologías de antaño. Ahora comienza a automatizarse algo mucho más sensible: procesos cognitivos, administrativos, simbólicos e incluso afectivos. Se automatiza la toma de decisiones, la coordinación, el análisis, la redacción, el soporte técnico, el secretariado, la organización de tareas, la programación, la edición de contenido y hasta formas básicas de acompañamiento emocional o interacción interpersonal.

Es acá donde una sensación o percepción propia entra en juego:  2026 representa una especie de año bisagra. Y en este análisis expongo los motivos que me llevan a pensar que esta intuición empieza a tener sentido. No porque la inteligencia artificial haya aparecido de repente (la IA existe desde hace décadas) sino porque entre 2024 y 2026 ocurre un salto cualitativo distinto: la IA deja de ser solamente una interfaz conversacional y empieza a convertirse en un agente operativo. El primer ChatGPT funcionaba principalmente bajo una lógica de consulta: uno preguntaba y el sistema respondía. Pero herramientas más recientes, como los agentes desarrollados por Anthropic, capaces de interactuar con computadoras, ejecutar acciones, navegar sistemas, usar herramientas, integrarse con workflows y operar en entornos reales, empiezan a acercarse a otra lógica completamente diferente: ya va más allá de preguntarle cosas a una IA, si no que ahora se le delegan tareas, tareas que antes dependían de la acción humana.


En este momento es cuando uno de los ítems principales en torno a los debates del alcance de la IA; si una IA puede reemplazar quince capas de mails, coordinación, seguimiento y reportes, entonces quizás el problema no sea solamente tecnológico. Tal vez gran parte de las instituciones (tanto públicas como privadas) está está sostenida en torno a una burocracia administrativa que hoy por hoy está quedando obsoleta. Pero eso no significa automáticamente que la automatización vaya a liberar tiempo o mejorar la vida de las personas. Históricamente ocurrió muchas veces lo contrario. La revolución industrial aumentó enormemente la productividad, pero inicialmente empeoró condiciones laborales, extendió jornadas de trabajo y profundizó desigualdades. Por eso vuelve a aparecer una pregunta profundamente marxista: si una IA produce en una hora lo que antes requería diez trabajadores, ¿quién se queda con ese excedente? ¿El trabajador? ¿La empresa? ¿Los accionistas? ¿La plataforma? ¿El dueño del modelo? ¿Quién controla los datos o la infraestructura cloud?


Ahí aparece lo que podría llamarse una nueva forma de plusvalía digital. Porque en el capitalismo contemporáneo el valor ya no surge únicamente de la producción material, sino también de datos, atención, comportamiento, lenguaje y actividad cognitiva. Los usuarios entrenan algoritmos, generan datos constantemente, producen contenido y alimentan plataformas muchas veces sin siquiera ser conscientes de ello. El conflicto central del siglo XXI probablemente gire alrededor de esa disputa: quién captura el valor producido por la automatización cognitiva.


Otro aspecto particularmente interesante es cómo la IA altera la relación histórica entre trabajo manual y trabajo intelectual. Durante décadas predominó la idea de que los trabajos manuales eran los más reemplazables, mientras que los trabajos cognitivos o profesionales parecían relativamente protegidos. La automatización actual invierte parcialmente esa lógica. Hoy un plomero, un electricista o un técnico especializado poseen, en muchos casos, más protección frente a la automatización que un redactor junior, un asistente administrativo, un traductor, un oficinista o incluso desarrolladores web y programadores. La razón es simple: manipular el mundo físico sigue siendo extremadamente difícil y costoso para las máquinas, mientras que manipular texto, símbolos e información se volvió barato.


Eso reorganiza profundamente el prestigio social del trabajo. Y ahí aparece una bomba cultural enorme: gran parte de la clase media profesional construyó su identidad alrededor de la idea de que el trabajo cognitivo/intelectual era seguro. La IA amenaza precisamente ese núcleo. Por eso la discusión actual no es solamente económica, sino también psicológica y existencial. Mucha gente no trabaja únicamente por dinero. Trabaja para sentir utilidad, reconocimiento, pertenencia, estructura temporal e identidad social. La posibilidad de que una máquina compita en el terreno intelectual genera un tipo de ansiedad completamente nuevo.

En paralelo, el trabajo remoto también adquiere otro significado. Lo que inicialmente fue interpretado como una conquista de flexibilidad o autonomía laboral quizás haya sido, al mismo tiempo, el preludio de una desmaterialización más profunda del empleo tradicional. Porque una empresa que descubre que ciertas tareas pueden hacerse desde cualquier lugar del mundo inevitablemente empieza a preguntarse si también podrían ser realizadas por sistemas automatizados. En ese sentido, el teletrabajo no necesariamente debilitó la lógica de automatización: quizá ayudó a acelerarla.

Todo esto conduce hacia tensiones políticas nuevas. Es posible que en los próximos años aparezcan nuevos debates sobre renta básica universal, impuestos a la automatización, propiedad de datos, regulación de agentes IA, derecho a desconexión algorítmica y conflictos crecientes sobre qué significa realmente “trabajar” en una economía donde producir ya no requiere necesariamente presencia humana constante en cada etapa del proceso.

Por eso la intuición de que estamos entrando en un cambio de paradigma productivo probablemente sea más precisa que la idea simplista de que “la IA reemplazará todo”. Lo que comienza a transformarse no es solamente una herramienta tecnológica, sino la propia relación histórica entre trabajo, valor, conocimiento, poder y organización social.

El verdadero problema histórico ¿Quién dirige la transición tecnológica?Las revoluciones tecnológicas nunca fueron solamente técnicas.Siempre fueron procesos políticos.

En su momento, la máquina de vapor no ¨apareció¨y listo. Alrededor de su aparición hubieron legislaciones, disciplina laboral, reorganización urbana, sindicatos, guerras y acumulación del capital, entre otros. Lo mismo sucedió ante la aparición de la electricidad, ante el descubrimiento y extracción del petróleo, con el desarrollo del fordismo, con la computación e internet.


En estos días la IA es la tecnología del momento. Estamos ante una reorganización cognitiva, educativa, reacomodamiento de la productividad, reordenamiento militar, burocrático y geopolítico que viene de los pelos con la IA. Es sencillo de comprobar si observamos el ecosistema Silicon Valley, y su engendro outsider: Peter Thiel y su corporación Palantir Technologies, fundada en 2003, la cual se dedica al desarrollo e implementación de software de análisis de datos y grandes volúmenes de información (big data) que trabaja con agencias de defensa e inteligencia gubernamentales/estatales; eso será tema para otro artículo, no lo voy a analizar ahora, nada más me permito deslizarlo porque, sin caer en profecías apocalípticas hay que ponerle nombre y apellido a quienes pretendan ser los dueños del planeta construyendo un nuevo paradigma distópico sin que nos demos cuenta. Anotá el nombre. No te lo olvides.

Dicho eso, me arriesgo a decir que probablemente el error más grande de gran parte de Occidente hoy sea tratar la IA como si fuera simplemente un producto comercial más, mientras una diminuta parte (los personas de Silicon Valley, y los dirigentes de las potencias mundiales) ya usan y desarrollan la IA con fines que van mucho más allá de un producto tecnológico.


Durante décadas, especialmente desde los 80–90, nos cubre el manto de una idea neoliberal: “el mercado asigna eficientemente recursos”. Entonces muchos estados: desindustrializaron, privatizaron, tercerizaron, abandonaron planificación y redujeron la calidad de la capacidad técnica estatal.  Pero las grandes potencias nunca dejaron realmente de hacer política industrial. Estados Unidos la hace. China muchísimo más. Corea del Sur. Taiwán.Incluso Europa parcialmente. La diferencia es que ahora la política industrial ya no gira solamente alrededor de acero, fábricas o automóviles. También gira alrededor de: datos, chips, cloud, modelos IA, energía, talento,  propiedad intelectual, infraestructura digital, plataformas, ciberseguridad (y podría seguir enumerando, pero me parece que ya se entendió el concepto).

Las industrias “intangibles” hoy son extremadamente materiales. Por ejemplo:un modelo IA parece abstracto, pero depende de: centros de datos, minerales raros, energía eléctrica masiva, agua para refrigeración y cadenas logísticas globales. ¿Y de dónde salen esos recursos? ¿cómo son extraídos y procesados? ¿hay ganadores y perdedores en torno a la extracción de recursos para las industrias intangibles?Esto viene a desmontar  el mito de que “lo digital no tiene territorio”. Tiene muchísimo territorio simbólico y está tomando partes de lo físico también. Tan solo basta con pensar en dónde se instalan los centros operativos de refrigeración mediante el uso de cantidades ingentes de agua; basta solo con pensar dónde están las famosas ¨tierras raras¨ que se usan para el procesamiento y armado de las nuevas tecnologías.


Y más allá del territorio físico y simbólico, también tiene muchísimo poder geopolítico. Por eso hoy Nvidia, TSMC, OpenAI, Anthropic, Microsoft, Google o Amazon empiezan a parecerse menos a empresas tradicionales y más a actores cuasi estatales. Controlan infraestructura cognitiva. Eso es históricamente nuevo.

A partir de este momento se empieza a controlar el procesamiento de conocimiento, la mediación informativa, la automatización cognitiva, y potencialmente toma de decisiones. Eso debería por lo menos encender alarmas democráticas enormes.

Porque si una sociedad depende cognitivamente de plataformas privadas:¿quién controla realmente la producción intelectual? ¿quién moldea la hegemonía cultural?  Porque la IA no solo produce eficiencia, también produce interpretación del mundo. Y eso es lisa y llanamente poder político.

Entonces, claro que los Estados deberían estar pensando esto muchísimo más profundamente, sobre todo lo relacionado a la soberanía tecnológica, infraestructura propia, alfabetización digital,  protección laboral, transición educativa, impuestos a la automatización, derechos sobre datos, antimonopolio y acceso democrático a los modelos de inteligencia artificial disponibles en el mercado.


Quizás el error de nuestra época sea pensar la inteligencia artificial únicamente como una innovación tecnológica, cuando en realidad estamos frente a una reorganización profunda del trabajo, del conocimiento y del poder. La historia ya sabe que ninguna tecnología determina por sí sola el destino de una sociedad: lo decisivo siempre fue la capacidad política de orientar sus consecuencias.

La pregunta ya no es solamente qué pueden hacer las máquinas, sino quién controla la productividad que generan, quién fija las reglas del nuevo paradigma y qué sectores quedarán incluidos o excluidos del nuevo orden económico. Porque toda revolución tecnológica redefine ganadores y perdedores. Tal vez, entonces, la verdadera discusión no sea si la IA nos va a reemplazar, sino qué tipo de sociedad estamos dispuestos a construir alrededor de ella. Y si como sociedad no empezamos a discutir ahora cómo distribuir ese poder, otros ya están tomando decisiones por nosotros.

De hecho eso es algo muy interesante: todavía no existe un gran movimiento político de masas organizado alrededor de la IA, pero ya están apareciendo núcleos ideológicos, sindicales, académicos y militantes que empiezan a disputar el tema.

El problema es que estamos en una etapa “pre-política” del fenómeno. Es decir: la transformación tecnológica avanza muchísimo más rápido que la capacidad de las sociedades para construir lenguaje político alrededor de ella.

Y probablemente esto se vuelva muchísimo más vivo y candente los años venideros.

Porque todavía gran parte de la sociedad percibe IA como “una herramienta útil”, en vez de observarla como una reorganización estructural del capitalismo. Pero cuando desaparezcan trabajos concretos, sectores enteros pierdan valor,  la educación quede desfasada,  las plataformas controlen productividad,  y los Estados empiecen a depender cognitivamente de corporaciones privadas, la discusión inevitablemente se va a politizar.

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 

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